
|
D |
espués de aquella noche, me he tomado por ley su invitación abierta y libre. Un “vuelve cuando quieras es un vuelve cuando quieras” entonces he vuelto muchas veces, siempre en noche a la hora del amor o del amar. Conversamos un poco con un fondo de música que no escuchamos, miramos poca tele que más bien está ahí para después. Lo nuestro está ahí en las sábanas, o entre ellas o sobre ellas, a un lado y al otro.
En este conversar, me he ido enterando de parte de su vida. Un padre presente pero lejano, fanático de su trabajo y del campo. Su madre una mujer con un alto compromiso social, muy presente en hospitales vistiendo el color que da fama a su institución, pero poco presente ante las necesidades emocionales y espirituales de sus tres hijas donde la Paola es la del medio. Ella confiesa esas carencias casi sin conciencia de que existen. Su temprana independencia en la capital le cauterizó el corazón, como ella dice.
Así, este sábado en la mañana fui a buscar a mi hija un poco más sensible que de costumbre, influenciado por estas conversaciones con Paola y sin querer perderme ni un segundo siquiera del tiempo que puedo estar con ella. En la puerta del condominio llamé por teléfono y su madre me comunica que están en la playa que se le olvidó avisarme y que no podré ver a la niña este fin de semana. No quiero entrar en detalles de lo que hablamos, tampoco quiero contar la sensación de impotencia y de vacío, la injusticia y la pena, mis preguntas sin respuestas….. y la puta madre ¡!
Con los dolores de seguir vivo, esa tarde hice lo que pude por sobrevivir hasta que de noche nos juntamos con a estas alturas “la Pao”. Fuimos a un Pub de una pareja de amigos de ella en algún lugar del Arrayán. Un lugar extraño este, difícil de llegar, bastante hippie y naturista, mucha naturaleza, bien!!. Nos pedimos unos tragos y conversamos de nuestras infancias, de los juegos de niños y los primeros besos, hasta que la música en vivo a guitarra pelá nos pilló coreando canciones de Silvio, Plaza, Gatty y otros tragos más.
De vuelta en su departamento y en la penumbra de la noche, sus formas estallaron en mi pecho violentas y apresuradas. Su piel tibia salpicada por mi sudor, igual como las ventanas empapadas por las gotas de la lluvia, únicas testigos de la poesía de su vientre y de sus pechos. No hay palabras que delaten este trance de piel y de saliva, de labios y caricias, esos instantes de intenso placer, esos segundos de morir y regresar.
La lluvia golpeaba el ventanal, a mi lado su cuerpo yacía dormido y palpitante como una vida en suspensión. Enfoco mis ojos en la lluvia y de pronto recuerdo mi niñez. Una de tantas mañanas de sábado, el sol esperándome en el cielo, el desayuno tomado a la rápida y un fugaz beso a mi madre antes de salir a jugar. Son las once de la mañana, llevo en mis manos una bolsa con bolitas, “ojitos de gato” bien ganadas a la chita y cuarta. Mi padre recién duchado sale a mi encuentro, jugamos a las bolitas por un rato, yo le presto algunas para poder jugar. No sé que edad tengo. Luego le muestro una lupa con las que veo a las hormigas y después le enseño que lo mejor es quemarlas con este lente. Me quedo solo con las hormigas, desde adentro se escucha la voz de mi madre cantando alguna canción gitana: “jugaban al esconditeee…oleee/ la luna y el limonero/ y los almendros cantaban por ver/ y los almendros lloraban por ay!!/ ver dormir un luceeero..” al rato mi padre, ese hombre con bigotes, rubio y musculoso, ese héroe que todo lo podía sale con un nuevo juguete, un mejor tesoro para mí. Era un “tractor” como el decía, hecho con la carretilla vacía de un hilo, un pedazo de vela, un elástico y un palito. El elástico y el palito eran para darle cuerda. Rústico, básico, mi tractor caminaba solo… que orgulloso me sentía de mi padre. Mi tractor era un juguete único en el mundo, nadie más lo tenía, yo le llevaba a todas partes porque mi papá me lo había construido. Al rato, lo miraba hacer algún trabajo en la casa, un poco de cemento para tapar algún hoyo, un serrucho y un trozo de madera para reparar algo y sus típicos martillazos. Voy corriendo a tomar agua, mi madre me despeina llenándome de besos, me abraza y me arregla el cabello. Aún en su regazo, con la seguridad que solo entendemos ahora a esta edad, en la maravilla increíble de sus besos me dice con ternura -que está haciendo mijito, a que está jugando?- me pregunta – no se demore mucho que ya va a estar listo el almuerzo. Tome llévele un vaso de bebida al papá-
Cuantas horas han pasado desde aquel entonces… Tanta inocencia contenida en esos pedazos de tiempo...siento el pecho apretado, un nudo gigantesco en la garganta, afuera sigue lloviendo.
Sin que la Pao se diera cuenta me escabullí de su departamento, a unas cuantas cuadras detuve el auto y encendí un cigarro, me bajé a caminar bajo la lluvia. Solo y sin paraguas lloré, me congelé y me mojé como sopa. Me subí al auto estilando, la pena congelada, un vacío en el alma. El reloj del auto parpadea las 6,43 de la mañana, tengo frío.
Meto la llave en la cerradura de la puerta, nadie me ve, solo la lluvia que sigue siendo mi cómplice. Los perros ladran al fondo del patio, me acerco y los beso. Entro en la habitación de mis padres, ya están despiertos, los beso. Como un niño, ya viejo, me encaramo en su cama, al medio de ellos. Afuera la lluvia suena mientras tanto, yo me duermo…














Buenisimo
Me conquistaste en 4 textos: Partió comun y corriente y va introspectivo, la revisá cercana a los 40, los padres, los hijos, el sexo.
Ta bueno, me gustó.